H.H. Holmes: "El Castillo del Terror"



"Nací con el Demonio como mi patrón a un lado de la cama cuando vine al mundo y ha estado conmigo desde entonces..."
H.H. Holmes


Herman Mudgett Holmes nació el 16 de mayo de 1860 en una pequeña población de New Hampshire (Estados Unidos) llamada Gilmanton. Su padre, un granjero, procuró que no le faltase ninguna comodidad. Su madre, una ex profesora, se dedicó a que el niño recibiese una buena educación. Sus padres eran de fe metodista y por lo tanto, muy estrictos; en palabras de Holmes: “Si era necesario, subrayaban sus palabras con el empleo de una vara sin ahorrar esfuerzo”. Su madre le leía la Biblia todas las noches; dueño de una inteligencia sobresaliente, el niño creció estudiando y obteniendo notas sobresalientes, aunque a veces se distraía en la escuela a causa del aburrimiento. Habitaba, además, un mundo de fantasía. Su afición a los seudónimos le llevó a adoptar diferentes identidades: “H.M. Howard”, “D.T. Pratt”, “Harry Gordon”, “Henry Gordon”, “Edward Hatch”, “J.A. Hudson”, “Alexander Cook” y “el señor Hall”. No obstante, su favorito siempre fue el de “Henry Howard (H.H.) Holmes”, mismo que eligió inspirándose en el personaje del detective Sherlock Holmes, creado por el escritor Arthur Conan Doyle. Una vez le preguntaron por su esposa, una tal “señora Holmes”, en Wilmett, y contestó: “Hay mucha gente que se apellida Holmes. Por ejemplo, piense en el personaje de ficción de ese famoso escritor...”



Bandera de New Hampshire


El tortuoso mundo interior de H.H. Holmes estaba suavemente recubierto de encanto personal e inteligencia. Desde el principio de su vida le enseñaron a temer a Dios y a respetar la educación recibida. El siempre negó que su crianza lo hubiera influenciado negativamente o que sus padres fueran en último término los culpables de sus acciones posteriores. Pero a lo largo de su existencia supo sacar buen provecho de lo que aprendió de niño. Para él, la vida se reducía a una excepcional oportunidad para hacer dinero. De hecho, no veía nada deshonroso en mantenerse al margen de la ley en la peculiar atmósfera que se respiraba en el Nuevo Mundo. Más que eso, disfrutaba devanándose los sesos para multiplicar las ganancias obtenidas con sus crímenes. Si no se hubiera dedicado al crimen, este extraño genio habría terminado siendo un hombre de negocios de éxito.



H.H. Holmes


En la escuela nunca gozó de popularidad, aunque su gran inteligencia le permitió terminar sus estudios a los dieciséis años. Después, como tantos otros estudiantes, tuvo que trabajar para pagar la estancia en la Universidad. Holmes robaba cadáveres que colocaba en el escenario de incendios “accidentales” y acto seguido aseguraba que el pobre fallecido era un familiar suyo para poder reclamar los pagos del seguro. Finalmente lo sorprendieron sacando un cuerpo del laboratorio de la Universidad y le expulsaron. Más tarde se dedicaría a vender los esqueletos de sus víctimas a diferentes facultades de medicina.



El instrumental médico de Holmes


El lema de Holmes, que repetía constantemente, rezaba así: “Nunca dejes para mañana al sujeto que puedas engañar hoy”. Una de sus estafas más descaradas fue la “invención de una máquina que transformaba el agua en gas”. Una compañía canadiense quedó tan impresionada por el artefacto que tenía instalado en su sótano, que le pagó 2.000 dólares por los derechos de patente. Pero a la Compañía de Gas de Chicago no se le podía engañar con tanta facilidad: una cuidadosa inspección puso de manifiesto que simplemente había sacado una derivación de la conducción general del municipio.



Poco después publicó un anuncio en varios periódicos, en el que afirmaba “haber descubierto una fuente de agua mineral en el sótano del edificio”. Las colas que se formaron afuera de su tienda fueron enormes y cada botellita del preciado elixir costaba diez centavos. Pero los inspectores de sanidad municipales examinaron atentamente la fuente y resultó que el ingenioso farmacéutico sencillamente había derivado las conducciones de agua de la ciudad, aprovechando el agujero hecho poco antes, para empalmarlas con las tuberías del gas.



Linterna que perteneció a Holmes


Tiempo después, una mujer llamada E.S. Holton creyó haber encontrado al hombre de su vida. Su nuevo amante era un tipo de aspecto atractivo, amable e inteligente. Lo contrató para ayudarla en su negocio, una tienda combinada de productos comestibles y farmacéuticos; el local ganaba con la presencia de aquel hombre un indiscutible toque de distinción, además de beneficiarse de sus conocimientos en farmacéutica. Holmes se sentía igualmente satisfecho. Pero sus razones diferían de las de la señora Holton: su bella concubina era viuda y su marido le había legado la lucrativa tienda situada en la esquina de la calle Wallace con la 63, en pleno centro de Chicago. Holmes había prometido casarse con ella, persuadiéndola de que le traspasase con anterioridad todas sus propiedades y ahorros.



A los pocos meses de haber iniciado la relación con la viuda, un agente de policía preguntó a Holmes qué era lo que estaba descargando de su camioneta en el basurero municipal. Sin vacilar, contestó que se trataba de los desechos de una carnicería de las inmediaciones. La explicación parecía razonable, de manera que el policía se despidió y siguió su camino. En realidad, el astuto farmacéutico estaba deshaciéndose de los restos mortales de la señora Holton y de su hija pequeña, previamente asesinadas y despedazadas en el cuarto trasero de la tienda. Holmes tampoco titubeó al explicar la repentina desaparición de la anterior dueña a los clientes del establecimiento: “Se ha ido al Oeste. Pobrecita, tenía tan mala salud... Es una mujer muy frágil, sabe usted. Sí, sí, se llevó a su hijita con ella. Bueno, yo le pagué muy generosamente el traspaso del negocio”. Al cliente que inquiría algo más empujado por una malsana curiosidad le mostraba, acto seguido, un contrato de venta firmado por la difunta. Holmes lo enseñaba con cierta complacencia y la firma, por supuesto, la había falsificado él mismo.



E.S. Holton, víctima de Holmes


A pesar de la ausencia de la señora Holton, la tienda continuó dando jugosas rentas. Su nuevo propietario decidió poner su casa justo encima y ganarse en la vecindad una buena reputación de farmacéutico amable, alegre y bonachón. Con cierta frecuencia hablaba de sus planes a futuro en relación con el solar que había al otro lado de la calle, donde tenía pensado edificar un hotel, un proyecto que requeriría ingentes cantidades de dinero. Además, había que darse prisa, porque Chicago iba a acoger la Exposición Internacional con sus miles y miles de visitantes en busca de un lugar donde dormir bajo techo. Holmes pidió algunos préstamos y la obra se puso en marcha.






La Exposición Internacional de Chicago



El edificio que levantó no llamaba la atención más que por su tamaño. La fachada en sí tendía más bien a la vulgaridad: varias tiendas en el piso bajo, una serie de habitaciones en el primero y, coronando todo, la oficina y las habitaciones privadas del “magnate”. Holmes bautizó pomposamente a su propiedad como “Holmescastle” (“El Castillo de Holmes”). Pero los habitantes de Chicago encontraron rápidamente un mote mejor para el hotel: se referían a aquel tenebroso sitio como “El Castillo del Terror”.



Holmescastle: “El Castillo del Terror”


Sin saberlo, no pudieron elegir un nombre más adecuado: tras aquella fachada, el edificio estaba infestado de pasadizos secretos y mirillas ocultas para espiar a los clientes. Varias trampillas y puertas falsas conducían a misteriosas escaleras que desembocaban en la calle; otras aberturas estaban cegadas por macizas paredes; y lo más extraño era la caja de ascensores que ascendía hasta la oficina de Holmes sin cabina en su interior.



Una de las habitaciones se transformó en una cámara a base de planchas de acero, con salidas de tuberías de gas empotradas en las paredes, que se ponían en funcionamiento desde un cuarto contiguo. El despacho estaba conectado por un tobogán con el sótano, donde había excavado un pozo de cal viva reforzado con muros de hormigón, junto a un depósito de barriles de ácido y varios hornos de gran tamaño.



Para construir Holmescastle, recurrió a varias empresas. Estas nunca eran pagadas e interrumpían pronto sus obras. De esa manera, el propietario era el único en conocer detalladamente un edificio cuyo extraño arreglo podría suscitar la curiosidad. La exposición de 1893 se estaba preparando y debía atraer a Chicago una muchedumbre considerable, entre la cual habría, por supuesto, multitud de mujeres guapas, ricas y solas.



Cada una de las habitaciones de aquel extraño inmueble estaba provista de trampas y de puertas corredizas que daban a un laberinto inextricable de pasillos secretos desde los cuales, por unas ventanillas visuales disimuladas en las paredes, Holmes podía observar a escondidas el vaivén de sus clientes y sobre todo de sus clientas. Disimulada bajo el entarimado, una instalación eléctrica perfeccionada le permitía seguir en un panel indicador instalado en su despacho el menor desplazamiento de sus huéspedes.



Planos de Holmescastle



Con sólo abrir unos grifos de gas, podía finalmente, sin desplazarse, asfixiar a los ocupantes de algunas habitaciones. Un montacargas y dos toboganes servían para hacer bajar los cadáveres a una bodega ingeniosamente instalada, donde eran, según los casos, disueltos en una cubeta de ácido sulfúrico, reducidos a polvo en un incinerador o simplemente hundidos en una cubeta llena de cal viva. En una habitación, bautizada como "El Calabozo", estaba instalado un impresionante arsenal de instrumentos de tortura. Entre las máquinas instaladas por el ingenioso doctor, estaba un autómata que permitía hacer cosquillas en la planta de los pies de las víctimas hasta hacerlas, literalmente, morir de risa.



Holmescastle fue terminado en 1892 y la exposición de Chicago abrió sus puertas el 1 de mayo de 1893. Durante los seis meses que duró, el mortal edificio no se desocupó. Holmes entró en el negocio hotelero pisando fuerte: los precios eran increíblemente baratos y además ofrecía un puesto de trabajo a los huéspedes femeninos. El cebo de trabajo más alojamiento fue todo un éxito y las candidatas se presentaron por docenas. El taimado patrón entretenía a su víctima con algún que otro trabajito administrativo de poca importancia y se concentraba en ganarse su confianza.



El interior de Holmescastle







Si la chica le rechazaba, era despedida. Si no, primero pasaba por su cama y después conseguía que le traspasase todos sus bienes a cambio de una promesa de matrimonio, sin olvidar una póliza de seguro de vida. Al final, la ingenua novia tenía derecho a disfrutar de una última noche de pasión. Holmes salía entonces sigilosamente del dormitorio para regresar con un frasquito de cloroformo, dejaba inconsciente a la muchacha y la tiraba por el tobogán secreto, cuya boca se abría justo encima del pozo de cal viva.



Pero si tenía tiempo y ganas, Holmes se ocupaba personalmente de gasear a su prometida. Tampoco le desagradaba emplear el hueco del ascensor: introducía a la víctima, lo sellaba con una plancha de cristal gruesa y danzaba encima de la desafortunada, mientras disfrutaba del espectáculo viéndola asfixiarse. Con frecuencia se divertía envenenando y reviviendo a las chicas para forzarlas a escribir cartas explicando que se habían ido a Europa o “al Oeste”. Muriesen de una forma o de otra, todos los cadáveres terminaban en el sótano. Al lado del pozo de cal, Holmes había dispuesto una serie de hornos y numerosos barriles llenos de ácido.



Lo único que le preocupaba era cómo deshacerse de los huesos de sus múltiples secretarias. Algunas veces los guardaba, limpiaba y componía, vendiendo los esqueletos a algún laboratorio o escuela de medicina. Pero la mayoría de las veces no se molestaba tanto: amontonaba los restos en un barril vacío mezclándolos con osamentas de animales. Las mujeres no fueron las únicas víctimas de Holmes. También mató a un inventor llamado Warner incinerándolo vivo dentro de su último modelo de estufa crematoria. Otro hombre llamado Rogers, un inversor de la bolsa de Wisconsin, fue gaseado y sometido a una total inanición, hasta que firmó un cheque por valor de $70.000 dólares. Después Holmes le dio de comer alimentos envenenados y vendió su cuerpo como material de disección.



Holmes contó durante un tiempo con un cómplice. Declaró haber asesinado a Rogers con la ayuda de un “joven británico que, según sus propias palabras, había cometido todo tipo de delitos, excepto el de asesinato; y quién sabe si estaría diciendo la verdad”. En otra ocasión, Holmes hizo causa común con un hombre que deseaba eliminar a su rica concubina. El perspicaz empresario le aconsejó que tomara una habitación en su hotel y poco después el cliente satisfecho abandonó Holmescastle solo. De su amante nunca más se supo.



Pero el cómplice principal de Holmes fue Benjamin Pitezel. No se sabe con seguridad si cometió directamente algún asesinato, pero jugó un destacado papel atrayendo a las chicas a Holmescastle y probablemente echó una mano a la hora de deshacerse de los cadáveres. Transcurrió un año y el negocio prosperó como ningún otro. La mesa de Holmes estaba inundada de cartas de candidatas a secretaria y para evitarse las entrevistas, optó por exigir que adjuntaran una fotografía. Las que le gustaban iban a una carpeta especial con la indicación: “Para ser empleadas y enriquecidas”. Todas las seleccionadas fueron “empleadas y enriquecidas” en riguroso orden, si bien al cabo de un tiempo empezaron los problemas.



Benjamin Pitezel


Un día, el portero se empeñó en bajar al sótano para hacer limpieza general. Decía que los vecinos se andaban quejando de los malos olores que emanaban de las chimeneas del edificio. Holmes le increpó: “¡En el sótano está instalado mi laboratorio y nadie más que yo puede acceder a él!”. Al final del año su mortuorio subterráneo estaba lleno a rebosar. Por añadidura, la hipoteca del hotel y los gastos de sus experimentos se empezaron a notar en la contabilidad. Sólo los suministros de ácido, cloroformo y cal viva ascendían a más de $50.000 dólares, y pensó que era necesario buscar una nueva fuente de ingresos. Holmes halló la solución a sus acuciantes estrecheces económicas. Esa solución tenía nombre y apellidos, padecía alcoholismo y se llamaba Benjamin Pitezel. Henry le propuso a su cómplice una estafa que los haría ricos. La idea consistía en que Benjamin contratase un seguro de vida y después se esfumase a Filadelfia. Una vez allí se cambiaria de nombre, mientras él robaba un cadáver de su mismo tamaño y lo colocaba convenientemente en la escena de un desgraciado accidente. Por supuesto, en el “accidente” el cuerpo quedaría terriblemente mutilado, de forma que resultase irreconocible. Acto seguido, entraría en juego la esposa de Pitezel, Carrie, para cobrar el dinero del seguro y se repartirían las ganancias.



Benjamin Pitezel con sombrero


Al presunto accidentado le pareció un plan seguro y sencillo, mucho menos peligroso que cualquier otro crimen de los que había cometido. El 9 de noviembre de 1893, la Fidelity Mutual Life Association registró el seguro extendiendo una póliza de $10,000.00 dólares a nombre de Benjamin F. Pitezel. El cerebro de la operación siguió ejecutando el plan. Primero aseguró el hotel; luego le prendió fuego. Pero Holmescastle era un edificio de sólida construcción y no quedó reducido a cenizas. La mayor parte de la estructura continuó en pie, desafiando el estropicio organizado por su dueño, y la compañía de seguros insistió en que la policía inspeccionara el edificio antes de soltar un solo dólar. Holmes no perdió el tiempo: hizo las maletas y huyó a Texas. La carcasa carbonizada de Holmescastle permaneció precintada y vallada en la esquina de la calle 63. La célebre Agencia de Detectives "Pinkerton" se involucró en el caso para investigar a Holmes.



La Agencia de Detectives “Pinkerton”


Desde Texas, el asesino pirómano se trasladó a Denver, donde contrajo matrimonio con una chica de San Luis. Tras la boda, la pareja fue a vivir al pueblo de la muchacha, donde él compró una tienda, la hipotecó y finalmente vendió la propiedad. En cuestión de semanas fue acusado de obtención fraudulenta de dinero y encerrado en la cárcel. Entre rejas hizo amistad con otro recluso, un tal Marion Hedgspeth. Holmes le puso al corriente de su negocio de Filadelfia y le pidió que le recomendara un abogado hábil para sacarlo de prisión; si la cosa salía bien, se ganaría la suma de $500.00 dólares. El recluso, Hedgspeth, tenía lo que Henry le pidió: un letrado tramposo llamado Jeptha D. Howe.



Marion Hedgspeth


Entretanto, en Filadelfia, Pitezel no se quedó de brazos cruzados. El 17 de agosto colocó un cartelito en la ventana del número 1316 de la calle Callowhill: “B.F. Perry. Compraventa de Patentes”. El “señor Perry” recibió a su primer y único cliente el 22 de agosto. Se trataba de un carpintero, de nombre Eugene Smith, que había inventado un novedoso sistema para aserrar madera. Allí lo encontró Holmes un día, ebrio. Así que lo ató y procedió a rociarle benceno en el cuerpo para incendiarlo. Pitezel se dio cuenta y a pesar de las súplicas de éste para que Holmes acabara rápido con su vida, dejó que se quemara vivo. Una vez fallecido, procedió a rociarlo con cloroformo y colocó el cadáver al sol para que cuando fuera descubierto, la identificación fuera imposible.



El carpintero Eugene Smith volvió a los diez días, entró en la casa y se encontró con el abrigo y el sombrero de “Perry” en la percha, pero de su persona no había ni rastro. Regresó al día siguiente, pero todo seguía igual que la mañana anterior. Esta vez decidió curiosear algo más y subió al piso de arriba. El cuerpo de Benjamin Pitezel yacía en un trastero del primer piso, prácticamente carbonizado. A su lado había una botella rota de bencina, una pipa y algunas cerillas. Aquel mismo día se realizó la autopsia: la víctima había encendido una cerilla demasiado cerca de la botella y le estalló en la cara. Lo único que llamó la atención del forense fue hallar restos de cloroformo en su estómago pero, no obstante, el cadáver fue enterrado.



Howe, el corrompido abogado, escribió al Juez de Instrucción Forense y a la compañía de seguros diciendo que, en realidad, el cuerpo era el de Benjamin Pitezel y el sábado 22 de septiembre, “Perry” fue desenterrado e identificado por Holmes y Alice, la hija de quince años del difunto. La señora Pitezel cobró los $10,000.00 dólares, menos $2,800.00 que fueron a parar a manos de Howe. Poco después, la viuda de Benjamin Pitezel, Carrie, empezó a sentirse preocupada al ver que Alice no llegaba a casa. En su lugar apareció Holmes con malas noticias: la compañía de seguros estaba investigando de nuevo el caso, lo mejor para todos era que la familia Pitezel permaneciese desperdigada. Él se quedaría con los dos niños restantes, Nellie y Howard, y los ocultaría en Filadelfia.






Alice y Howard Pitezel


Dentro de todo este lío, sin embargo, los criminales no contaron con un miembro insatisfecho de la banda: el presidiario Marion Hedgspeth, el cual se había enterado por terceros del éxito del negocio de Holmes y Howe. Como el 9 de octubre aún no sabía nada de sus $500.00 dólares, llamó a la policía, quien, a su vez, alertó a la compañía Fidelity y ésta puso sobre la pista de Holmes a su inspector más avezado, W.Gary. Pero Gary no lo iba a tener nada fácil. Desde San Luis viajó a Cincinnati, Indianápolis y Detroit. Tuvo que cruzar la frontera canadiense para seguir la pista de su hombre y el 17 de noviembre, trasladarse a Bastan para dar con él al cabo de otros dos días más de búsqueda. Holmes fingió estar arrepentido y admitió haber tomado parte en el engaño, añadiendo que Benjamin Pitezel había abandonado el país junto con sus hijos.



Howard Pitezel


Poco tiempo después Holmes cambió su declaración inicial y dijo que, en realidad, el cuerpo con quemaduras de Filadelfia sí era el de Pitezel, que se había suicidado con cloroformo y después él en persona se decidió a quemarlo para simular un accidente y que la familia pudiera reclamar el dinero del seguro. En cuanto a los hijos, “estaban en Europa”.



Nellie Pitezel


Llegados a este punto, la policía de Filadelfia empezó a sospechar que Holmes no sólo había matado a Benjamin, sino también a sus hijos, y pusieron a su mejor agente, Frank Geyer, sobre la pista del presunto asesino, para seguir su trayectoria por Estados Unidos. El detective esperaba poder obtener información gracias a las fotografías de Holmes y de los niños. Confiaba en que alguien les reconocería. Y así fue.



Frank Geyer, el policía


En Cincinnati, el recepcionista del hotel Bristol los identificó como “la familia Cook”. En uno de los barrios periféricos de la ciudad, una mujer recordó la cara de Holmes; era el hombre que había alquilado la casa contigua a la suya para instalar una enorme estufa. En Indianápolis, otra persona reconoció a los niños, porque le llamó la atención que su “padre” los mantuviese siempre encerrados en la habitación del hotel.



Alice Pitezel


En Canadá, Geyer averiguó que alguien inscribió a los niños en el libro de registro de un hotel con el nombre de Canning, y un tal “señor Howell”, el 25 de octubre, había recogido a los dos pequeños; a partir de ese día nadie los había vuelto a ver con vida. De hecho, al pequeño Howard lo envenenó, lo estranguló y una vez fallecido, procedió a cortarlo en trozos que cupieran en la puerta de una estufa, en la que incineró los restos. A las niñas las había hecho entrar a un baúl para posteriormente inyectarles un gas venenoso por un orificio.



Holmes estrangulando a Howard Pitezel, según un grabado de la época


La policía volvió a dar en el clavo en el 18 de la calle Vincent: un vecino reconoció la foto de Holmes. Bajo el linóleo del suelo de la cocina, Geyer descubrió una trampilla que conducía al sótano. La tierra del piso hacía poco tiempo que la habían removido; hurgó y desenterró los cuerpos a medio descomponer de Alice y Nellie Pitezel. El asesino había taponado el tiro de la chimenea con sus ropas para esconder todas las pruebas. Aún quedaba por localizar al muchacho, Howard Pitezel. Frank lo rastreó durante semanas con incansable tenacidad, hasta dar con una casa que Henry había alquilado durante unos pocos días. En el fondo de una enorme estufa encontró la dentadura del pequeño y sus restos mortales: una masa informe de intestinos chamuscados.



La policía desmantela “El Castillo del Terror”


Frank Geyer regresó a Filadelfia justo a tiempo para participar en el registro de Holmescastle. La tarea fue ardua para los diversos equipos de investigadores. Del sótano emanaban olores insoportables, que obligaban a trabajar en turnos muy breves para rastrillar las cenizas e ir sacando los barriles repletos de huesos. Nunca se pudo saber cuántos desdichados encontraron la muerte en aquella cámara de los horrores, pero los cálculos más fiables cifraron las víctimas en doscientas.



El asesinato de las hermanas Pitezel, según un grabado de la época


Holmes lo negó todo: “¡Mentiras, nada más que mentiras! ¡Viles injurias!”, declaró Pero estos arrebatos no lo favorecieron ante la justicia. El 28 de octubre de 1895 fue acusado de la muerte de Benjamin Pitezel. Cuando su esposa, Carrie, subió a declarar al banquillo de los testigos, las pruebas incriminatorias se multiplicaron vertiginosamente. El 2 de noviembre el jurado llegó a un veredicto de culpabilidad y el acusado fue condenado por el juez Arnold a morir en la horca: tenía apenas treinta y cinco años de edad.



El juez Arnold


Al ver cerca el momento de la muerte, H.H. Holmes se decidió a hablar y describió en varias confesiones a todas las personas que había asesinado y la forma empleada para acabar con ellas. En cuanto hubo terminado, negó todo lo dicho, y más tarde empezó a contradecirse de forma enloquecida. El 7 de mayo de 1896 subió los trece peldaños del cadalso en la prisión de Moyamensing. “¡Dios es testigo! ¡Sólo soy responsable de la muerte de dos mujeres! ¡Déjenme que les diga...!” Pero la trampilla se abrió bajo sus pies y nunca terminó la última frase.



Según los testigos de la ejecución, su cuello no se rompió inmediatamente y tardó quince minutos en morir. Para evitar que su cuerpo fuera mutilado o robado, el mismo Holmes pidió que fuera enterrado en un ataúd lleno de cemento. Hubo guardias presentes durante su entierro: se metió su cadáver en una fosa del doble de profundidad, rellenada con cemento y sin lápida que identificara su lugar. Los abogados de Holmes rechazaron una oferta de $15,000.00 dólares que un instituto médico les ofreció por el cerebro del asesino.



La Prisión de Moyamensing


Tras su muerte no dejaron de ocurrir extraños sucesos alrededor del mismo. Tal parece que Holmes dejó una maldición contra aquellos que lo rodearon en vida o en alguna de sus truculentas aventuras. Un par de semanas después de la ejecución uno de los testigos claves, médico legista de profesión, súbitamente cayó muerto por envenenamiento. Otros participantes de su juicio cayeron enfermos de muerte días después. Uno de los guardias de la prisión donde había estado interno Holmes se suicidó. Luego, inexplicablemente, una de las oficinas de investigación de la aseguradora que Holmes había defraudado se incendió por completo. Curiosamente, solo se salvaron unas fotos de Holmes y la orden de presentación del mismo. En cuanto a Hedgepeth, tras muchos años de buscar el perdón por haber ayudado en la captura de Holmes, salió liberado pero reincidió en sus actividades delictivas. No pasó mucho tiempo antes de que fuera abatido a tiros mientras robaba un salón de juegos.



La historia de Holmes inspiró películas, documentales, novelas e historietas. Su castillo aún puede visitarse en Chicago, y se convirtió en una macabra atracción turística.



VIDEOGRAFÍA:

H.H. Holmes en Índice de maldad




BIBLIOGRAFÍA:












FILMOGRAFÍA:


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